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Las
Charlas
¡Tú no estás solo, hay un Dios que te ama!
Somos
mucho más religiosos de lo que nos creemos. Es por
esto, que voy a enviarte a través de esta charla:
a mi Dios y a mi Cristo.
¡Déjame quererte! es el grito constante de Dios, en
ese caminar del ser humano que se llama vivir. Cada
amanecer, puesta de sol, noche de luna, canto de primavera.
Todo lo que vemos, sentimos y vivimos es presencia
de Él, y regalo de Él.
Es
el llamado constante diciéndonos:
–¡Por lo que más tú quieras, déjame quererte!
Fue
Él, quien nos trajo a la vida. Quien nos dio
los sentidos, nos llevó en etapas hasta la edad actual.
Nos dio infancia, pubertad, primera juventud y mucho
más. Somos su benjamín. Lo podemos mirar en el niño
que nace, en la madre abnegada. Lo descubrimos en
la cadencia de un arroyo, en el sonar de un río, en
las olas del mar. Toda esa maravilla, es el canto
perenne de Aquél que nos busca, nos llama y nos dice:
–
¡Por el amor que Yo les tengo,
no me rechacen más, déjenme quererlos!
El
ser humano desconoce la gran capacidad que tiene para
amar. Todos llevamos dentro la posibilidad de alcanzar
el amor: Jesús, San Juan, San Francisco de Asís, y
muchos otros, no son más que los ejemplos del amor
a través de los siglos. El amor viene de Dios, se
aviva en nosotros en una comunión de amistad con Él.
En una sana intimidad sin temores, y en una entrega
redentora que es fuente de grandes esperanzas.
De
todos los billones de trillones de seres que existen,
somos de los pocos que tenemos el raro privilegio
de ser una persona. No somos más que seis mil millones,
pero somos únicos. Podemos disfrutar de la risa, del
amor, de soñar, de crecer por adentro, de crear, ordenar
las ideas, emitirlas, trascender, ¡y además, eternos!
Todo
esto, porque Dios lo quiso.
Ahora,
te voy a hablar de mi Cristo:
El coloso de la cruz
Nació
en un pesebre. Creció en la pobreza. No recibió instrucción
escolar. Fue carpintero. A los treinta años, salió
en arrebato de amor, cantándole a los hombres de todas
las tierras y de todos los tiempos, las bienaventuranzas.
En esa locura de amor, tuvo que renunciar a seguir
en la vida para pagar por los pecados nuestros. Se
entregó a los violentos y a los desenfrenados para
que lo subieran al madero vil.
Sí,
el Hijo del Hombre. El gran libertador. El primogénito.
El más honesto y el más bello. Fue necesario el sacrificio
suyo en beneficio nuestro, para que todos pudiéramos
llamarle al creador de lo visible y lo invisible:
Padre Nuestro.
Hoy,
a pesar de la tecnología avanzada; de las micro y
de las macrocomputadoras; del viaje hacia la luna;
los derechos civiles; la liberación femenina y las
drogas; sigue mortificando la conciencia de los hombres.
No
escribió nada –no obstante– jamás en los anales de
la historia se ha escrito tanto sobre alguien. Escogió
para llevar adelante su mensaje a los menos aptos,
pero nunca un grupo de superdotados pudo realizar
semejante proeza. No procuró riquezas, a pesar de
ello, los hombres han dado más dinero para sus propósitos
que para ninguna otra cosa.
No
aspiró al poder ni a la fama, pero nadie ha tenido
más poder ni más fama que Él. No se le conoció romance
con mujer alguna, sin embargo, jamás un joven ha sido
amado por billones de ellas, como ha sido su caso.
No promovió revueltas para liberar a su pueblo del
yugo romano, pero nunca ha habido un libertador mayor
para aquellos que viven sojuzgados por sus propias
pasiones y debilidades. Su predilección fue llamarse
el Hijo del Hombre, más el mundo en agradecimiento
lo llama de mil formas: El crucificado, El nazareno,
etc. Su moral y sus enseñanzas son la piedra angular
en donde la sociedad podrá convivir con los suyos
en el disfrute pleno, comportándose los unos con los
otros como hermanos. Cuando esto suceda, habrá que
cambiarle el nombre a este mundo para llamarlo:
El Edén.
Presiento
que estar aquí, es un misterio de predilección que
Dios nos ha querido regalar, y que venir a la tierra
conlleva unos propósitos en los planes de Él. Por
lo tanto, es necesario escuchar el llamado de Dios
en nuestras vidas.
El
porqué de este mensaje cristiano dirigido a ti, –ahora
y ahí– es con una sola intención: que comiences a
desear convertirte ¡en un redimido! Para que
rompas los amarres que te impiden interiormente ver
claro. Mi hermano querido del alma, llénate de Jesús,
para que surja en ti el hombre nuevo. Quien lleva
dentro la honra y el honor de Dios, no necesita que
le digan lo que tiene que hacer.
Hoy solamente he hablado de ese Dios que nos ama y
de Jesús, el Redentor, por la trascendencia que tiene
en la vida de cada ser humano.
¡Que
Dios te bendiga!
Habló para ti desde América libre,
Jonás.
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