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A
modo de crítica
por Juan Suárez
Nadie
pudo ganarle. Todo el que le estorbó lo sacó
de su entorno. Se apoderó de las empresas y
las tierras. Contra todo derecho no le pagó
a nadie. Olvidó las ansias de su pueblo. Se
entregó a los rusos con tal de conseguir lo
que quería. Finalmente, sojuzgó a su
gente de tal forma, que hoy, Cuba no es más
que un pueblo sometido y hambreado.
No
hubo forma de poderle parar. Se lo cogió todo
haciéndolo a su forma y manera, como le dio
la gana. Por otro lado, no era más que un farsante
de los grandes, llegó con el rosario al cuello
y no creía ni en la paz de los sepulcros. Se
cansó de vociferar que no era comunista, que
su revolución era humanista, pero nunca las
jóvenes cubanas han llorado tanto por sus hermanos,
sus novios, sus amigos, aquellos cientos de muchachos
que fueron fusilados con los brazos en cruz, gritando:
¡Viva
Cristo Rey, viva Cuba libre!
Ni
jamás, hubo tanta viuda teniendo que guardar
en sus entrañas el último grito de su
compañero frente al paredón:
¡Cuba,
soy inocente!
Lo
más doloroso de este grandísimo simulador,
es que supo venderle a nuestra gente sencilla y al
mundo, que nuestra sociedad era un desastre. Que no
era más que podredumbre, castas, latrocinio,
privilegio y prostitución.
De
todas sus mentiras gran mentiroso. De todas sus calumnias
grandísimo difamador. De todas las vilezas
de este rufián, ésta ha sido la mayor
de todas, la que más molesta, la que más
duele y la que más ofende a Cuba. Porque si
fuéramos lo que ha dicho de nosotros, el exilio
cubano no hubiera conseguido el reconocimiento que
ha tenido dondequiera que plantó su bandera.
Únicamente
una sociedad vigorosa y estructuralmente
sana, es capaz de producir los cientos y cientos de
miles de hombres y mujeres, que primero para salir
de su Cuba enjaulada, tuvieron que ponerse los pantalones
y las pantaletas, como sólo saben hacerlo las
mujeres y los hombres que lo son de verdad. Ni los
miles y miles de presos políticos que no se
doblegaron nunca, para orgullo nuestro, de Cuba, de
su historia y para vergüenza del mundo que se
llama: libre A este miserable, los jesuitas
le dieron formación religiosa, pero no era
cristiano. Su primera juventud la pasó de ganster
en la universidad, en tiroteos, en revoluciones, pero
nunca llegó a ser un revolucionario, no ha
sido más que un gran aventurero. A Cuba la
metió en el bloque soviético, le impuso
el comunismo, pero no era marxista.
¿Saben
el por qué de todo esto?
Por no tener lo que es tan necesario
para ser equilibrado, identidad.
A
este calculador astuto, se le pudiera preguntar:
¿qué hiciste con el joven que bajó
del olimpo antillano?
¿Qué
fue de aquel instante supremo, mentecato?
Sencillamente, lo echó por la borda a cambio
del poder desmedido, la megalomanía, el egotismo,
la soberbia, su falta de mesura.
Siempre más allá de lo cuerdo,
lo sano y lo bueno.
Hoy
su leyenda se ha esfumado. Los sueños que
Cuba se forjó con él se han vuelto pesadillas.
Este
ingrato, ávido de poder, que tuvo el privilegio
de haber llegado a La Habana, admirado por miles
y miles. Respetado, querido, endiosado. Se ha
marchado como el peor de los tiranos que ha tenido
América.
¡Irónico...eh!
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