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Narrar una historia costumbrista
En
esta narración el lector se deleita y se instruye.
Hay un trasfondo ético basado en la recia moral que
las familias inmigrantes españolas, de la que proviene
el protagonista, inculcaron a sus hijos, y con la
que contrapuntean las naturales rebeldías y travesuras
de esa muchachada con la que Juan Cavila comparte
su protagonismo.
El
autor logra insuflarle trascendencia al relato de
un género tan limitado como el costumbrismo. El suyo
va más allá del hecho y de la aventura. En él queda
muy bien establecido el amor a la libertad y la necesidad
que tienen los seres humanos de ser libres, aunque
se advierte asimismo del requisito de la disciplina
para que la libertad no se desboque. En Las Aventuras
de Juan Cavila, por su valor literario nos coloca
ante el escritor, que ha plasmado en las bien logradas
estampas de este libro, una bella, espontánea y amena
narración que enriquece el género costumbrista.
Sobre
el trasfondo ético figura en primer plano el elemento
descriptivo de alto valor literario, por la fluidez
y transparencia con que lo presenta el autor. Veánse
si no, los cuadros costumbristas que tanto apelan
por analogía de los que fuimos niños en esa época,
como la cuartería de Venancio, el Camajuaní de los
primeros años del autor, de la temporada de lluvia,
y ya, en un plano costumbrista más sofisticado –sin
perder la sencillez– la magistral descripción de los
dos productos que exhibió Cuba con orgullo en el mundo:
el azúcar con su ingenio y su molienda, y el tabaco,
con su curación, almacenamiento, despalillo, empaque
y elaboración, y de talón de fondo la voz del lector.
Complementan,
sin duda, el sabor local de estas aventuras que nos
recuerdan en algunos aspectos aquellas de los personajes
inmortales Tom Sawyer y Huckleberry Finn,
de Mark Twain.
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